Capítulo IV
El navío que se les aproxima por el sur es un galeón grande, comparado con el pequeño Roc. Debe medir cien metros de la proa a la popa, y tiene el color pardo verdoso de los navíos antiguos, salpicado aquí y allá con manchas mas oscuras, producto de reparaciones recientes. Su casco es un bosque de distintas maderas: Caoba, cedro, pino, balsa, teca y varias inidentificables. El palo mayor lleva un escudo heráldico en sable(negro) y azur(azul), y una bandera negra con dos tibias, típica del pirataje. El mascarón de proa es un león dorado con un ágila blanca en la boca, y en estribor tiene grabado un nombre: Albatros.
En comparación, el Roc no es mas que un esquife, pero lleva bandera de Kendria (Águila blanca coronada en fondo dorado, rodeada de un circulo azul) y de hechura fina, manufacturado por un artesano maestro, pagado con la pequeña fortuna del jefe de la Guardia Imperial (sin su consentimiento, claro). Una bella nave particular para cualquier conocedor. Y sólo lleva dos tripulantes.
Dana ve la nave acercarse. Joseph hace señales a la tripulación del Albatros, que corresponde al gesto con las señales universales de batalla: un silbido de cuernoy dos cañonazos.
- Nos envían un ultimátum de rendición. Y pueden hundirnos. - Observa Joseph. - Pero la nave es tuya. Tu decides.
Los ojos de Dana se fijan en el galeón, mientras su fina boca apenas se mueve, silvando un - Prepárate. Los abordaremos.
Por un momento Joseph cree que se ha vuelto loca. Pero es la capitana. Ella paga, ella manda. Preparan los garfios.
El abordaje parece sorprender a la tripulación del barco, pues el Roc se aproxima a una velocidad inaudita. Dana ha ordenado modificaciones interesantes a los planos originales, mismos que ahora rinden frutos. Entre ellos, un arpón subacuático, disparable desde cubierta. El Albatros tiembla, mientras el grueso arpón de acero destroza sus entrañas. No es un daño grave, pero abre un pasaje a través de las secciones mas desprotegidas de las bodegas, por debajo de la línea de flotación. Dana y Joseph penetran a través, abordando entre sacos de harina y barriles de agua dulce. El Roc se aleja ligeramente, gracias al timón trabado por Joseph, pero se mantiene unido al Albatros por dos gruesos cables de manufactura élfica, que Joseph y Dana han asegurado a una viga del techo de la bodega.
Tan pronto como descienden, Dana busca las escaleras que unen esta sección con la superior, que usualmente es la zona de camarotes. Joseph es quién la encuentra, y juntos suben la pequeña escalera vertical, hasta encontrar una escotilla. Suben con cuidado, con Dana al frente. Un par de veces se encuentran con marineros, que se dirigen a examinar el daño, y se ocultan trepando entre las vigas del techo.
A punto de llegar a la escotilla de cubierta, son sorprendidos por un grupo que baja, sables, dagas y lanzas desenvainadas.
El brazo de Dana es un borrón. De pronto, a un marino le crece en el hombro una empuñadura de piel de víbora. Dana extiende de nuevo la mano, murmura tres palabras, y la daga ahora complementa el azul de su hoja con una filigrana bermeja, aunque ahora ya no se encuentra en el marino, sino en la mano de Dana. "La Daga Leal. Gracias, abuelo" piensa. Ese regalo le ha salvado ya la vida muchas veces, cuando se encuentra acorralada y desarmada. Se teletransporta directamente a la mano del portador de la vaina, siempre, convirtiendo al cazador en presa.
Tres individuos malencarados, viendo lo que le sucedió a su compañero, se avalanzan sobre Dana, con garrote, hacha de mano y espada, respectivamente. Lanzan tres ataques, a brazo, cabeza y pierna de la ladrona. Dana se inclina, evitando el hachazo, mientras la maza de Joseph golpea el estómago del espadachín. El garrote es desviado por un habil movimiento de la pierna derecha de Dana, mientras que el propietario de la mano que lo empuña recibe una estocada en un flanco, un palmo bajo el pezón derecho. Dana siente el acero entrar entre dos costillas, perforando un pulmón, y es entonces cuando gira la muñeca. La hoja corta la frágil materia, y sale empapada en sangre arterial.
Una lanza se incrusta entre las ropas de Joseph, quien sólo voltea, rompe el asta con su maza (cuerpo metálico, cabeza cilíndrica, ribetes de metal sólido) y arranca el trozo retante, revelando así su armadura de placas completa. Un par de golpes a la cabeza del lancero, al grito de "no robarás" y "amarás a tu prójimo", y el pobre hombre cae, un hilo de sangre en el gorro de piel de conejo.
Los otros marinos, aterrados, suben a buscar refuerzos, profiriendo voces. Dana sonríe a Joseph, quien sólo atina a menear la cabeza a los lados. Dana apunta su estoque a la escalera. La luz del sol invita a subir a cgharlar con el capitán.