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Navegando el Mar del Lágrimas

Capítulo II

Sumergida en sus recuerdos, Dana admiraba la vista desde el timón de mando del Roc, su pequeña embarcación. Joseph preparaba algo de pescado en la cabina inferior, y el aroma de la comida costera hizo a Dana regresar a su pueblo. Realmente se comía bien allí. Cuando se comía.

El ganarse la vida como ladrona nunca fue fácil para Dana. Su pueblo se situaba cerca de la capital de la comarca perteneciente al reino de Kendria, Lumn. La ciudad estaba consagrada al dios Olidammara, señor de los ladrones y bohemios. Luego de morir su abuelo, un poco antes de las fiestas del Dünmainfestin de Olidammara, tres hombres con ropas finas y abalorios extraños llegaron a la casa de Dana. Su madre, la señora Aliesa, tan solo al verlos dio un salto. Abrazando a su hija contra su regazo, la llevó dentro de su casa y le ordenó esperar.

 

Aliesa recibió a los hombres en la puerta y hablaron largo rato. Dana no entendió mucho. La verdad es que ni siquiera su madre entendía muy bien. Los hombres se fueron, pero cuando llegó Dafet, el padre de Dana, su madre habó con él y se echó a llorar.

- Es muy pequeña, Dafet. Necesita de mí.

- Es su destino, Aliesa. No podemos negarlo, y aunque nos negaramos, ellos vendrían a llevarsela por la fuerza.

- Pero sólo tiene cinco años...

- Si ellos han venido ahora, es porque es el tiempo. Monseñor Redsky ya nos había avisado cuando nació. Los pronósticos de Olidammara decían que ella sería una de las elegidas.

- Olidammara? Que sabe un dios de esto? Un dios como él... Qué hará con ella? Todo el mundo sabe lo que pasa en el Dünmainfestin.

- Olidammara la protegerá. Si Él la elige para ser madre, o si termina como sacerdotisa, o incluso si es rechazada. Su vida no será como la de cualquiera. Las otras chicas son prueba suficiente. Vivirá bien. Nos visitará de tanto en tanto. Será lo que Él quiera.

 

Su madre lloró de impotencia cuando los hombres se la llevaron, y Dana manoteó, lloró, gimió y se negó a acompañarlos. Se la llevaron de todos modos. Las únicas cosas que se llevó de su casa fueron la daga de su abuelo y un collar de oro que su madre puso en sus manos al partir.

 

Ahora comprendía como debió de haberse sentido su madre. Ahora veía lo que antes no supo ver. Entregó su vida al templo. Fue educada para adorar al dios del vino, de la música, de la fiesta y el disfrute. Desde pequeña se entrenó con ahínco, aprendiendo rituales, ceremonias, esculpiendo su cuerpo y su mente. El tiempo que pasó en ese templo estuvo dedicada a su dios. Aprendió todo lo que una chica debe saber de la vida, las formas de bailar, de moverse, de ser, de reír, de amar.

 

Como Virgen del templo, cuidaba a los niños huérfanos, confortaba enfermos, hacía labores de casa y, una vez a la semana, ayudaba al Monseñor Rosco Redsky a preparar el altar, organizar a la gente, y hacer el sacrificio de fruta, vino, carne, pescado y leche que se hacía en los altares. Y la vida la iba preparando para ser lo que se predijo que fuera.

 

Tenía ya 21 años, era poseedora de un cuerpo perfecto, ágil, torneado pero no robusto. Pechos firmes y blancos, cabello largo y castaño hasta la mitad de la espalda, trenzado con flores de alhelí, una cintura fina sin ser musculosa. Era un bello relleno para la larga túnica de algodón blanco destinado a ser usado para las Vírgenes del templo. Sin embargo, no habría de usarlo por mucho tiempo. El Dünmainfestin se acercaba.

 

Durante el Dünmainfestin había tres días de fiesta. Las puertas de la ciudad se cerraban a los niños, los bares abrían toda la noche, la gente cantaba, jugaba a los naipes, dados y otros juegos, los juglares preparaban juegos de malabares y escenificaban dramas, los templos de Olidammara ofrecían oraciones, rituales y cánticos. Cercana la media noche del último día, las vírgenes del Templo principal de Olidammara salían desnudas, con un jamón en una mano y una botella en la otra. Daban su amor al primer hombre que las aceptaba en su lecho.

 

A los no versados en la religión de Olidammara estas costumbres les parecían escandalosas, sin embargo los creyentes sabían que las Vírgenes estaban entregadas al amor a la humanidad, que todo bohemio conoce a través de todas las mujeres. Simplemente, amaban al amor, y propiciaban que el amor fluyera por su ciudad, aunque fueran solo por los 3 días del Dünmainfestin.

Dana nunca olvidaría esa noche. Así como nunca olvidaría lo que siguió.

 

Luego, despues del Dünmainfestin, y al parecer debido al designio del dios, en la ciudad solo se registraba un embarazo. Siempre era un varón con ojos violetas y el cabello rubio. Dana fue madre.

Durante el tiempo que duró su preñez, fue cuidada y agasajada con lo mejor del templo, y sus ropas se cambiaron por las de la Santa Madre. Su túnica blanca fue sustituída por un vestido violeta, y un sayo del mismo color con bordaduras de oro formando el rostro contrahecho de la Máscara Tragemédica, simbolo sagrado de Olidammara. Era la primera vez que Dana lo veía, ya que era costumbre que la portadora se quedara en la torre mayor del templo, al cuidado fiel de los sacerdotes. Ellos estaban allí, con sus túnicas verdes y azules, siempre pendientes, siempre rezando, aún incluso en el momento del parto.

 

Máscara Tragemédica

 

Cuando el niño nació, los sacerdotes lo tomaron, lo limpiaron, lo envolvieron en una manta y lo sacaron de la habitación. Dana apenas tuvo tiempo de ver su cabello rubio y su piel blanca, y luego cedió ante el sueño, las drogas para el dolor y la fatiga.

 

Estuvo dormida un día y medio, y al despertar la mantuvieron en cama. Luego vino Monseñor Rosco Redsky:

- Hola, Dana.

- Hola Monseñor. Dígame, que ha pasado con mi hijo.

- Tuyo? No, Dana. No es tu hijo. Es de Olidammara, Él nos lo ha enviado. Será uno de Sus Avatares, un Paladín que luche por Él, que lo defienda a Él y que gane fama para Él. Sus victorias serán las de Él, y la fama de ambos se extenderá por el mundo entro.

- Pero, Monseñor, yo soy su madre, yo lo he cargado dentro de mí, es parte de mi alma, es...

- No Dana. Tú eres su madre, le diste vida, pero eres sólo el medio. Olidammara lo envía a la tierra. Tú has sido una herramienta para Su designio.

- Qué pasará con él, Monseñor?

- Despreocúpate, Dana. Tu hijo viene a la tierra a servir a nuestro dios. Nuestro dios lo protegerá. Será grande, tendrá fama, y riqueza, y podrá ser nombrado como hombre felíz. En el combate será bravo, en la mesa será voraz, en la bebida será siempre sediento, pero siempre sobrio. Será todo lo que quiera ser. Y luego de pasar un tiempo, reinará sobre nuestra ciudad del mismo modo que lo hago yo ahora. Nuestro dios nunca permitiría que le pase algo a uno de sus hijos, y si así fuere, será porque Él no tenga otra opción.

- Y se merece mi respeto un dios que aleja a una madre de su hijo? Él sabe que siempre lo he adorado, que he dedicado mi vida a servirle, pero ahora me arranca de los brazos al fruto de mi vida. Cuando menos volveré a verlo?

Monseñor Redsky mueve la cabeza negativamente y mira hacia otro lado

- Si, Dana. Sin embargo, tardará un tiempo.

Y diciendo esto, sale de la habitación.

Dana mira el horizonte, y puede ver de nuevo el reflejo de las velas en el cabello rubio del pequeño. Consulta sus mapas, la brújula y corrige el rumbo, antes de dejar el timón a un fresco Joseph. Las lágrimas de sus ojos se mezclan con el Mar de Lágrimas, y sus recuerdos vuelan mas rápido que el velero que surca las aguas traicioneras. Su primera parada será pronto, y las nubes blancas indican que aún no se alejan suficiente de la costa. Parece ser buen augurio.

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